martes, 31 de mayo de 2011

Reseña de El Baile de los Secretos, de Jesús Cañadas

Aunque aún me da pereza hacer de reseñador serio, creo que el libro del que voy a hablar merece unas líneas en este humilde blog.

Conocí a su autor, Jesús Cañadas, en uno de esos encuentros donde es extraño no acabar el día con la promesa de algún intercambio de textos entre escritores. Lo bueno de todo esto es que Jesús fue el primero en hacerme varios comentarios sobre mi novela y habló de lo orgulloso que estaba de compartir editorial con otros talentos. Me subió la moral por las nubes, pero sólo hasta que leí su manuscrito. Entonces fui yo el que tuvo que hablar de orgullo y envidias sanas. El Baile de los Secretos, que así se llama la maravilla, es uno de los mejores libros de terror fantástico (o fantasía terrorífica) que he leído. Sin bromas. Ya en las primeras páginas atrapa con su prosa casi poética, sus escenarios oscuros y ese tipo de personajes en los que bien podría verse reflejado cualquier lector. Y si de las primeras páginas se pasa a las siguientes, os aseguro que ya es imposible dejar de leer. Que se lo digan a mis uñas comidas. Aunque hay escenas viscerales, sangre a mares y mucho, mucho dolor, El Baile de los Secretos es básicamente una historia de amor, pero de ese amor que no empalaga a los lectores que, como yo, odiamos las historias simples de amor. Al terminar el libro, el título me pareció de lo más adecuado, pero no pienso decir por qué. Será un secreto, otro más que se suma al baile.

Es una novela para quitarse el sombrero, una obra de arte, ni más ni menos. Cada párrafo te lleva a un mundo fascinante donde campan a sus anchas los afectados por una plaga más real de lo que parece, niños sin ojos y seres que ni yo mismo podría definir como de ultratumba porque me quedaría corto. De vez en cuando uno tropieza con frases que son como proverbios chinos, lecciones de literatura resumidas en pocas palabras. A mí algunas me llegaron hondo, y eso no lo suelo decir muy a menudo. Además, reviví mi época rolera.

Encended una vela aromática (ya sabréis por qué), detened el reloj (si no queréis que el Relojero os lo robe), cerrad bien la puerta de casa (sobre todo si da al rellano de la escalera) y abrid la cubierta del Baile de los Secretos. En cuando deslicéis los ojos por los primeros párrafos, el corazón (si no os lo arranca el Rencor) os pedirá más. Hasta el punto final.

Algo oscuro se ha desatado sobre la ciudad de Mandressla. Una horda de monstruos recorre las calles amparados en un manto de niebla roja. Zeppelines vivos sobrevuelan los tejados, arrastrando cementerios ambulantes bajo su sombra. Un relojero loco ha robado el tiempo y lo ha escondido. Niños ciegos se esconden en la oscuridad bajo sus camas y escuchan las historias que cuentan los muertos. Hombres de ceniza protegen las lágrimas de desamor de la ciudad. Es el fin.

La única esperanza reside en un puñado de desconocidos provenientes de un lugar siniestro y maldito; un lugar llamado Tierra. Sólo ellos pueden ponerle nombre a la enfermedad que devora Mandressla. Sólo ellos pueden terminar con el baile de los secretos.

http://bailesecretos.com/

Autor: Jesús Cañadas

Portada: Albo López

Páginas: 304

www.grupoajec.es

martes, 24 de mayo de 2011

El Tercer Vértice II. El Alquimista (10 de 16)

Marchando el décimo fragmento. Habrá quien diga que la madeja se lía más, y habrá quien diga que ya predice los acontecimientos. A los del segundo grupo, sabed que os equivocáis. El final será predecible, tal vez, a partir de la undécima pieza. Pero eso está por ver… Seguimos.

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—Hay paz entonces —dijo el alquimista.

—Pero se ha pagado un alto precio por ella —respondió el hombre que venía divulgando las últimas noticias sabidas del Triángulo.

El alquimista se encontraba en la Francia de principios del siglo XVI, una época marcada por el Renacimiento y el desarrollo de las artes y las letras. No obstante, aquel tímido resurgir de la cultura no parecía alcanzar el esplendor de la Grecia Clásica o la Córdoba califal de los Omeya.

Europa siempre se desperezaba, pero nunca se atrevía a despertar del todo.

Ante él tenía una prueba del porqué. Reyes y Papas eran incapaces de cicatrizar las heridas abiertas en el suelo, y se preocupaban más de enterrar las verdades que de mostrarlas a la luz. La Iglesia del hombre convertido en dios entre clavos y espinas tenía su Santa Sede en la misma ciudad donde un emperador llamado Nerón dejó que su alma se pudriera escuchando los murmullos de un espíritu demoníaco. Roma, ya fiel a los dogmas católicos, seguía encarnando al falso profeta.

Durante siglos continuó hundiendo puñales en el corazón de la antigua Galia, y los robles de Inis Mona no fueron los únicos profanados por el fuego.

Otro de los lugares de culto más sagrados para los celtas también fue despellejado de sus arboledas y su herida cubierta con un apósito de rocas, pináculos y arbotantes. Ahora se alzaba allí la Catedral de Chartres. El alquimista la observó de lejos, desconfiado. En el suelo de su nave mayor habían dibujado un laberinto circular de trece metros que sólo ofrecía una ruta para llegar al núcleo, a través de sus once anillos concéntricos. Nadie sabía por qué sus constructores diseñaron aquella telaraña en forma de intestino, nadie excepto los fantasmas de los druidas, que tuvieron otro igual mucho antes, pero trazado en la hierba bajo el cielo.

Días de cambio, principio del fin. Suplantaron a los robles vivos por una cruz de madera muerta, al muérdago por cálices de oro y a los pastos verdes por losas grises. El bosque ya no latía. Amnesia terrestre.

—¿Es definitivo? —preguntó—. ¿Babilonia es la bestia?

—No es ninguna sorpresa. Allí se levantaron las primeras ciudades, se escribieron las primeras lenguas y se trabajó el hierro por primera vez. El embrión humano vino gestándose desde África, pero no nació como tal hasta que llegó allí. La bestia es la cuna de la civilización.

África, origen del hombre, el lugar donde un mono eligió caminar a dos patas y buscar su destino lejos. Otra verdad enterrada. El mono evolucionado era enemigo de Adán y Eva. A la Iglesia que se apoderó del laberinto de Chartres le interesaba más la leyenda de la serpiente y la manzana.

África terminaba al noreste en la desembocadura del Nilo. A tan solo un soplo de viento de allí se extendían las tierras que más tarde alguien pisaría para imponerles el nombre de Babilonia.

—Todo concuerda. Juan lo llamó Armagedón, pero quiso decir Har Megiddo. Quiso señalarnos el lugar.

En tiempos remotos, Megido había sido una ciudad importante. Su nombre ya aparecía en la escritura cuneiforme de los sumerios, que tallaba espinas en la roca, y más tarde en los jeroglíficos que los egipcios extendieron por el Nilo. Ahora no era nada. De Megido solo quedaban ruinas sobre una colina en el extremo más oriental del Mediterráneo.

—¿Y dices que se han llevado tres piedras de allí? —preguntó el alquimista.

—Las han bañado en las aguas salobres del Mar Muerto y después han desaparecido. Los tres espíritus rana marchas juntos. Ya sabes dónde pondrán sus huevos.

Ambos habían acudido a Chartres para sentir la energía del lugar, a escuchar la voz del aire, a conectar los nervios de sus médulas espinales con otros que atravesaban las profundidades de la tierra en forma de raíces. Estaban cerca de magias inexplicables que el hombre evolucionado del mono no conocía ni tenía derecho a conocer.

Pero solo encontraron cruces. La cruz era una línea vertical herida por otra horizontal que la atravesaba como un cuchillo, dos hermanas que morían matándose entre ellas. Era un signo de finalización, de contradicción. La vinculaban a Jesús de Nazaret, pero en realidad era más antigua. Allí donde se quiso apaciguar alguna fuerza siempre hubo una cruz, desde el amanecer de los tiempos, siglos antes del nacimiento de Jesús y milenios antes de que su nombre fuera pronunciado por los primeros videntes.

Las cruces se transformaron en esvásticas y lauburus, en el Anj y otras variantes que se perdieron junto a civilizaciones que ni siquiera la historia recordaba. Hasta los mayas colocaban cruces en sus tumbas antes de que los misioneros cristianos llevaran las suyas al Nuevo Mundo.

Los verdaderos sucesores de Jesús adoptaron el Ichthys, un pez formado por dos arcos opuestos, para predicar amor y hermandad. Pero los mismos que aseguraban ser sus herederos acabaron supliéndolo por la imagen del instrumento de tortura donde había muerto su guía espiritual. Fue una decisión absurda, como si un ejército vencido enarbolara el estandarte de su verdugo como muestra de martirio.

A los futuros cristianos, sedientos de fe y salvación eterna, no les importó. Tomaron la cruz sin dudar, y el desaparecido Ichthys se hundió en el mar del que vino. La cruz cumplía su cometido. Imponía silencio. Energías paralizadas.

—¿Es así como se predijo? —preguntó el alquimista. Ahora que notaba cercana la hora, se sentía más guerrero de la luz que nunca.

—Mil soñadores han nacido y muerto en este camino que nunca parece acabar, desde los albores de la humanidad, y otros tantos nacerán y morirán antes de que llegue a su meta. Cada uno ha visto y desentrañado un fragmento del enigma y lo ha tallado en un bloque, no de piedra, sino de pensamiento. Sí, así se predijo. Entre todos, bloque a bloque, hemos levantado una nueva Torre de Babel.

—Pero no hemos llegado a Dios, como era la misión de esa torre.

—Porque no mora en un único lugar, ni tiene un único rostro. Además, nuestras disputas suenan como truenos aquí, pero a los dioses apenas les llega un murmullo.

—Sea pues. Vengan los hijos de los hijos del dragón, la bestia y el falso profeta. Vengan con sus tres piedras de Megido. Los hijos de nuestros hijos los estarán esperando.

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lunes, 2 de mayo de 2011

El Tercer Vértice II. El Alquimista (9 de 16)

Últimamente estoy algo descentrado con el trabajo pendiente. Pero seguimos con el experimento, como no, dando saltos en el tiempo. Vamos con el noveno.

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Ponce de León llegó a Florida sediento de gloria. Las tierras del nuevo continente eran vastas e indómitas, pero las espadas que escupían truenos atemorizaban a los nativos, y el reino recién nacido del incesto entre Aragón y Castilla no tardó en adoptar como hijos esclavos a otros pueblos, tribus e imperios. Ponce de León siempre enarboló la misma bandera en nombre de Dios y la Patria, pero América, y en concreto aquella península, era algo más que una extensión de tierra que devorar. Era el escondite de la Fuente de la Juventud Eterna.

Había entre sus hombres un muchacho joven, de piel pálida y pelo rubio, casi blanco. Un soñador. Apenas dormía para poder ahuyentar así las visiones, y ya cuando la fatiga lo vencía, éstas volvían con más fuerza y le mostraban hasta los detalles más insignificantes del camino que debía recorrer. Sus compañeros jamás lo supieron. Los soñadores solo trataban con otros como ellos. Durante ese mismo año, Ponce de León recorrió Florida de norte a sur, vadeando ríos, cruzando selvas y pantanos, siempre con la vista puesta en el paso siguiente, esperando tropezar con la Fuente de la Juventud.

El soñador se alejó un día entre los árboles y no regresó. Lo dieron por perdido y algunos aseguraron que ya estaría enterrado en una tumba de arenas movedizas o en el vientre de un caimán. Regresó cinco días después, alegando que se había extraviado y le costó encontrar el rastro de la expedición. A nadie le importó su historia.

Tampoco le preguntaron dónde había llenado su cantimplora y por qué nunca bebía de ella.

Kukulcán, el dios serpiente de los mayas, abrió los ojos, los vio, bostezó y los volvió a cerrar.

Ponce de León volvió a La Habana, satisfecho de sus nuevos descubrimientos pero a la vez resignado por no encontrar su verdadero anhelo. Había pasado muy cerca, pero sus ojos solo veían lo que tenían delante.

El joven soñador se enroló en la tripulación del primer barco que zarpó rumbo a la península ibérica, extremo de un continente viejo y resquebrajado que se estaba devorando a sí mismo desde hacía siglos, a una Europa convertida en ceniza desde que los demonios del Abismo comenzaron a susurrar al oído de los hombres poderosos. El Abismo había tenido muchos nombres, algunos extintos, otros en uso. Infierno para cristianos y musulmanes, Helheim para nórdicos y Gehena para judíos. Los griegos lo llamaron Tártaro. También los demonios que moraban en él fueron llamados de mil maneras por distintas religiones, aunque no dejaban de ser los mismos.

Aquellos susurros habían conseguido que los ríos de sangre fueran tan caudalosos como los de agua, y las llamas del saqueo arrasaran civilizaciones enteras.

El agua de la Fuente de la Juventud llegó a los Alpes tras pasar por varias manos, manos de soñadores y guerreros de la luz, de paladines y caballeros de espada. Ascendió a través de la cordillera hasta alcanzar un lugar mágico donde la energía de las piedras era mayor que la que había fluido nunca por la Inis Mona de los druidas celtas, por el Oráculo de Delfos, por Stonehenge o la tumba perdida del Santo Grial.

Ese lugar ni siquiera tenía nombre, porque los nombres eran invento de mortales, y aquélla era la primera vez que uno pisaba su suelo.

El agua traída de América fue colocada en una pila de granito, el aire la congeló y se convirtió en una lente de cristal. Los destellos que le arrancaba el sol eran invisibles a los ojos de los hombres, pero su esencia era arrastrada por los vientos y descendió por los glaciares alpinos en distintas direcciones.

Poco después, cuando Europa afilaba las armas en la sombra para degollarse a sí misma y la codicia de los nobles los empujaba a saltar los muros del vecino, una red de alianzas matrimoniales y dictados sobre lechos de muerte devolvieron la estabilidad al continente, antes de que éste se sumiera en una guerra que podría haber significado el exterminio total. Luís XII de Francia firmó la paz con Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Apenas tres meses después, Francia e Inglaterra dejaron de gruñirse como perros rabiosos y prefirieron entrar en un periodo de conciliación sin arrojarse a morder el cuello del otro. Castilla y Aragón seguían casando a sus hijos con otros herederos de sangre azul extranjera. Hubo batallas, pero la madre de todas ellas no llegó a desatarse.

Aquel año, 1514, pasó desapercibido en los anales de la historia, porque la historia recuerda hechos, y el ser humano no considera la paz como tal.

Ponce de León jamás lo habría imaginado. El poder de la Fuente no era alargar la vida de un hombre, sino la de millones.

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viernes, 15 de abril de 2011

El Tercer Vértice II. El Alquimista (8 de 16)

Con este fragmento alcanzamos el ecuador del relato. Para los que sé que se están pasando y lo siguen, a pesar de las esperas, si no dejáis comentarios no podré agradeceros tanta paciencia. Disfrutad la lectura o poned verde al autor. Ya queda menos para el punto final.

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El alquimista se frotó el mentón con dos dedos. Trató de olvidar los sonidos de la noche y volvió a subir al barco que navegaba la memoria. Había estudiado tanto los secretos de la Kabbalah que, apenas zarpó de su puerto mental, las redes izadas empezaron a esparcir por la cubierta cardúmenes de recuerdos recién pescados.

Según la ciencia proscrita que seguía condenando a algunos judíos sefardíes a la hoguera, cada letra tenía un valor numérico. El alquimista llevaba días anotando todas las relaciones que cada una de ellas guardara con su igual.

Aquella miscelánea de ciencia y mito vinculaba elementos físicos con estaciones del año, partes del cuerpo humano y estados del alma. El alquimista, además, había leído otros libros, escritos en lugares del mundo tan distantes entre sí que cuando amanecía en uno empezaba a anochecer en el otro, por puño y letra de eruditos que habían conseguido destripar los mismos misterios y dado con soluciones similares pese a pertenecer a civilizaciones incomunicadas. Sabía de cuerpos celestes y signos zodiacales tanto como de metales y aleaciones.

Para muchos, aquéllas eran palabras vacías, sin significado aparente. El mundo aún no estaba preparado para oírlas. Por esa razón las llamas del Auto de Fe seguían reclamando herejes, demonizados por usar dogmas que muchos otros no podían comprender, ni por tanto dejar de temer. La humanidad aún creía que la Tierra era plana y el sol giraba en torno a ella. No quería saber qué había bajo la piel de un hombre salvo carne, hueso y un alma atada a su propio miedo. Mejor así. El pueblo ignorante es fácil de dominar.

Un rabino le dijo una vez que el miedo era una virtud, porque el principio de la sabiduría era el miedo a Dios. Desde ese día, el alquimista fue a verlo pocas veces más. Él no creía en el miedo, ni estaba dispuesto a ceder a él. Por eso cuando miraba al cielo no veía al Todopoderoso señalándolo con un dedo acusador, sino que lo imaginaba reposando en su cama de nubes y estrellas.

El alquimista se detuvo a meditar sobre los números escritos trescientos años antes por un soñador. Eran signos sin sentido, pero supo traducirlos.

El primero de todos era Ochenta, cifra atribuida a la decimoséptima letra del alef-bet, el alfabeto hebreo: Pei, la boca de un diente, el poder del habla. Poder de maldecir y bendecir. Pei simbolizaba el discurso y el silencio, el tiempo para ambos. El habla era la primera herramienta que utilizó el hombre, y la que más práctica le resultó siempre que quiso alcanzar un propósito oscuro.

Las siguientes letras, vinculadas a los números posteriores, no eran menos importantes, pero estaban condenadas a bailar al ritmo de la primera. En la nota del soñador, la posición de los caracteres era tan crucial como su valor. Doscientos, Uno y Cincuenta, atribuidos a las letras Reish, Alef y Nun.

En cuanto se los mostraron por primera vez, el alquimista tardó poco en descifrar la raíz del enigma, en abrir la primera puerta de cuantas encontraría cerradas hasta la llegada de los acontecimientos.

Reish era símbolo de elección, grandeza y degradación. Cuando un hombre conseguía un nivel espiritual elevado, podía traer bendiciones a la tierra. La tierra bendecida era riqueza, pero la riqueza de unos siempre conllevaba a la pobreza de otros. Jamás existió una balanza en equilibrio perpetuo. Reish también se relacionaba con el arte de la depuración, el comienzo de algo tras un fin impuesto. Y decía algo más: Un hombre hundido en la miseria, servidumbre, conformidad. Devoción absoluta a Dios. La experiencia de la pobreza es el primer paso hacia la autoanulación.

Una nube envolvió la luna. Las sombras aumentaron y bailaron entre las piedras. El gran roble parecía cobrar vida, despertar, crecer.

Siguiente letra: Alef, la primera de todas. Cabeza de buey. Símbolo de unidad y poderío de Dios, agua en el agua. Número Uno, el inicio, comienzo de algo.

El alquimista calibró la frase, valorando hasta qué punto podía invertirse su sentido. Uno significaba algo a partir de la nada. Uno significaba nada a partir de algo.

La cuarta letra era como la cola de la serpiente, la última que corría tras las anteriores. Pero la serpiente Uróboros se mordía la cola. No hay que menospreciar el valor de ninguna de sus escamas.

Nun, decimosexta letra del alef-bet, era la elegida para dar fin a la invocación. En arameo, Nun significaba Pez, conciencia anulada. En hebreo significaba Heredero del Trono. Alrededor de ese trono, subordinación y fidelidad.

El alquimista releyó mentalmente los cuatro caracteres. Pei, Reish, Alef, Nun.

Sus conversiones al castellano, una de las muchas lenguas en las que se había podrido el latín, eran P, R, A y N.

—Pran —dijo, alzando la voz.

—Repetido dos veces —le recordó el mentor.

La invocación demoníaca estaba escrita, tan clara como las aguas del Baztán en su nacimiento, donde el peludo Basajaun acudía en ese momento para beber acuclillado. Cerca, un pequeño iratxoak vigilaba sus pasos tras las hojas de un helecho.

Los dioses ctónicos, ligados a la tierra como los telúricos los estaban al cielo, también se reunieron para dialogar sobre la capacidad destructora del Triángulo Maligno. Éste dañaría la tierra, pero las heridas serían leves. El daño real lo inflingirían a la humanidad, y en eso nunca intervenían. Si los dioses fueran hombres, los hombres serían pulgas.

El alquimista nunca anotó el nombre. No podría olvidarlo ni aunque sumergieran su memoria en saliva de basilisco.

El nombre doble: Pran-Pran. Solo restaba esperar que los tres espíritus rana, nacidos de las bocas de una bestia, un dragón y un falso profeta, eligieran día y lugar. Pran-Pran, ya fuera hombre o demonio, dios o animal, vendría al mundo para reunirse con sus hermanos, los otros dos vértices del Triángulo. Una vez juntos desencadenarían el Har-Maggedon, la batalla crucial de una guerra llamada Apocalipsis.

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martes, 22 de marzo de 2011

El Tercer Vértice II. El Alquimista (7 de 16)

Seguimos. Primer cambio de época. Si el salto confunde, ha sido sin querer. Para quien lo esté siguiendo, ahí va la séptima pieza del rompecabezas.

II

EL ALQUIMISTA

(1492-1514)

El pergamino original se había desintegrado, pero los números fueron memorizados por mentes privilegiadas que llevaban trescientos años rondando la costa mediterránea. Sabios y magos habían dictaminado que el mensaje escrito en él fuera estudiado sólo por las personas adecuadas, ya que un error en su cálculo podría traer consecuencias nefastas.

El alquimista, dedicado durante media vida a la búsqueda de la piedra filosofal, fue uno de los elegidos.

Ahora se encontraba en un lugar marcado por las magias primitivas, cerca de la villa vizcaína de Guernica. Uno de los robles nacidos de la estirpe de Inis Mona había germinado allí. Ni los más ancianos recordaban ya cuándo empezaron los señores de Vizcaya a jurar respeto por las antiguas leyes bajo sus ramas, siglos antes de la aprobación de los Fueros.

—¿Qué se sabe de los vértices, además de parte de sus nombres? —preguntó a su mentor tras varias horas dedicadas al mismo tema.

La noche lo cubría todo. La luna no era más que un tímido candil, y dos hombres parecían presa fácil para lobos y bandidos. Pero el mentor permanecía tranquilo. Bajo el suelo habitaban poderes en los que confiaba plenamente. Durante las ocho décadas que presumía haber vivido, nunca se había recortado un solo pelo del cuerpo.

—De los dos primeros lo sabemos casi todo —respondió—, hasta el lugar donde eclosionarán los huevos. Son fuertes, y estamos preparados para combatirlos. El tercero es débil, pero por eso mismo escapa a nuestros lazos mentales, como un pez pequeño escabulléndose por un agujero en la red del pescador.

—¿Y los números de aquel soñador, el italiano que vivió el asedio de Jerusalén?

—Eres tú quien convierte el plomo en oro. A ti te corresponde investigarlos. Ya sabes qué letras se traducen de cada uno. Otros soñadores han dejado constancia de sus visiones, y podemos agradecer que algunas sean más claras que las del italiano. Gracias a ellos acorralaremos a dos espíritus rana cuando llegue el momento.

—¿Qué soñaron del tercero?

—Su huevo tardará en abrirse, falto de fuerza. Por ello intentará regar su creación con otras energías paralelas. Ignoramos si le dará resultado. Se sabe por otro vidente que el tercer vértice será bautizado con su nombre duplicado, bajo ritual católico. Así la invocación será repetida, como una imagen ante un espejo.

—¿Pronunciado sobre sí mismo?

—Puede que intente multiplicar por dos su influencia negativa. Una voz seguida de su eco.

Hubo un silencio. Algo en el bosque hizo crujir una rama y el alquimista volvió la vista por acto reflejo, en actitud defensiva. Tras aquella mirada fugaz, el mentor supo que la concentración de su mejor alumno no era absoluta.

—Cuatro números multiplicados por dos —le dijo con el ceño fruncido—. Cuatro letras que son ocho en realidad.

El alquimista viajó al pasado en uno de los muchos barcos que surcaban el mar de su memoria, rescatando recuerdos que le servirían en su investigación.

Ya desde hacía siglos los judíos habían ido apoderándose del comercio en tierras castellanas, y su presencia en el Cantábrico era notable. El ansia de sabiduría de sus primeros maestros se había tornado en codicia, y los hijos de Moisés abandonaron el estudio de las ciencias para aprender las nuevas leyes del dinero. Se ganaron a pulso el rencor de otros. El antisemitismo fue confinándolos en guetos. 1492 pasó a la historia por ser la fecha en que Cristóbal Colón obligó al Viejo y al Nuevo Mundo a estrecharse las manos tras siglos sin hacerlo. Aquel mismo año, la todavía no nata España de los Reyes Católicos daba otro paso distinto. Fue el año de la proscripción total del judaísmo entre sus fronteras.

Las sinagogas del norte de la península se habían convertido en un simple recuerdo, aunque el alquimista siempre supo dónde encontrar a los últimos rabinos para que le ayudaran a desvelar los enigmas que más se le resistían.

—Cuatro letras que serán ocho... —repitió, pensativo.

Según la Kabbalah hebrea, aquel era el número de la firmeza, del sentido del orden y los valores. Representaba la rutina, la disciplina que ponía freno a la imaginación del Tres. El Tres era Dos más Uno, principios masculino y femenino sumados, receptivos. Era creación. Lo que el Tres creaba, el Cuatro lo restringía.

—¿Es maligno el Cuatro? —preguntó.

—Es conservador —contestó el mentor—. Es el signo de lo práctico, pero también de rigidez y represión.

—¿Represión?

—Se espera la llegada del Har-Maggedon. ¿Cómo puede iniciarse el fin de los días sino con represión?

—Cuatro letras dobles suman ocho. ¿Es más benigno el Ocho?

La brisa parecía un lamento en sus oídos, como si quisiera susurrarle la respuesta.

—Ocho fueron las Cruzadas a Tierra Santa. Y jamás hubo una novena. Eso debería decirte algo.

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